Algo…
Amor, te contaré una historia: hubo un día, hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana en que perdí algo. Era entonces una niña, en ese difícil paso -tan difícil que nunca lo di- de dejar la niñez y convertirse en un todopoderoso adulto. Y ese algo, nunca más volví a encontrarlo.
Mi cielo, busque abajo y adentro, atrás y adelante, busque en bolsos, hombres y casas, en lágrimas y recuerdos, nunca nunca volví a encontrarlo. ¿que era? ¿cómo era? ¿que forma tenía? ¿a que sabía? Me pregunte una y otra vez, tratando si no de encontrarlo, por lo menos nunca olvidarlo. Era suave y fuerte, cítrico, redundante, llenando todas las formas y espacios de su peculiar olor. Cariño, de vez en cuando sueño con él. Sueño que aun esta conmigo, que nos poseemos mutuamente aun. Sueño que me permite desdoblar las alas aun no magulladas y volar, anudarme una capa al cuello y trepar por las escaleras, comer mantequilla de maní escondida bajo la mesa, cepillar el cabello de mi muñeca, dibujar dinosaurios extraordinarios, buscar escarabajos y caracoles, hacer explosiones químicas con los perfumes finos de mamá. Sueño que ese algo aun me arrulla, que me llena el pecho con su calidez…
Así que, vida mía, llévalo contigo. Te doy ese algo, mi algo, entero, completo, sin letras pequeñas o alguna restricción. Yo no puedo tenerlo ya más, no lo encuentro, no lo toco, solo puedo divisarlo a lo lejos por el rabillo del ojo los días de fiebre o de dolor. Mi amor, recógelo contigo, acúnalo en tu pecho y , de vez en cuando, dame en la boca una cucharadita de èl. Juégalo en tus manos, revuélvelo en tu pelo, remójalo en tu aroma una y otra vez hasta que me sea tan familiar como lo es mi cabeza en tu hombro, mi lugar en tus brazos, mi hogar en tu pecho. Amor, Quedate a mi lado, guárdalo contigo y déjame, entre tus labios al besarme, saborear un pedacito más de ese algo, mi algo, que ahora eres tú.












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